De nada
— Es la correa.
— ¿Qué correa?
— La correa.
Ninguno de los cuatro ha visto una correa en su vida, pero la palabra tranquiliza. Alberto la pronuncia con la autoridad que le da haber cambiado una rueda una vez, en 2012 (tenía 15 años), con su padre delante dirigiendo la maniobra. Los otros tres asentimos alrededor del motor con las manos en los bolsillos, mirándolo como se mira un Velázquez: en silencio, con respeto y sin entender absolutamente nada.
El Corsa de Javier ha muerto a las once y veinte en la comarcal, a doce kilómetros de las fiestas de la Olleta. Ha muerto como vivió: en segunda y sin previo aviso. Javier llama al seguro y una señorita amabilísima le comunica que la grúa está en camino. Lo estará durante las próximas dos horas. Aprendimos esa noche que "en camino" no es una ubicación, es un estado del alma.
— Y Carla esperándonos con las amigas... qué desgracia, macho — dice Javi, mirando el móvil como si la avería fuera culpa de la cobertura.
[Silencio]
— ¿Va también Marta?
— ¡Pues claro que va Marta!
Nadie contesta. Hay silencios que son un pésame.
Abrimos el maletero. Las cervezas que viajaban a la verbena han alcanzado la temperatura exacta de un consomé. Nos las bebemos igual, sentados en el capó por orden estricto de llegada, mientras Alberto defiende su diagnóstico con la vehemencia de un forense al que nadie ha dejado ver el cadáver.
A las doce empiezan los fuegos artificiales. Se ven perfectamente desde el arcén, encima de los almendros, que es más de lo que puede decir la gente que ha conseguido llegar y los mira desde abajo, en escorzo y con el cuello a punto de partirse. Aplaudimos al final. Por educación.
— ¿Y ahora qué hacemos? — pregunta Javi, con el móvil ya sin batería.
— Ahora, nada.
Y eso hicimos. Nada. Durante tres horas. La nada mejor administrada de aquel verano.
Estos días de verano he estado escuchando mucho a Violeta Parra, quien compuso el gracias más grande de nuestra lengua, en 1965.
«Gracias a la vida» abrió el disco Las últimas composiciones. Un día, su hermana Hilda le preguntó por qué llamaba así al disco.
— Y... porque son las últimas —contestó.
Unos surcos más allá, en el mismo vinilo, venía la despedida: «Maldigo del alto cielo». El gracias y la maldición conviviendo en el mismo disco, como caben en cualquiera de nosotros. Dos años después, en febrero del 67, cumplió lo anunciado y se quitó la vida. El destino le había quitado un amor, una hija y un sueño, pero antes de irse dio las gracias por escrito.
Desde entonces me ronda la pregunta: ¿qué decimos exactamente cuando decimos gracias? En español la palabra viene del latín gratias agere, y detrás asoma gratia: la gracia, lo dado gratis, lo que cae sin merecerlo. Los portugueses dicen obrigado, de obligatus: quedo atado a ti, obligado, en deuda contigo. Los franceses dicen merci, que viene de merces: salario, paga, precio.
Tres países vecinos, tres teorías sobre lo mismo. Ante el mismo hecho, el portugués se declara en deuda, el francés paga y el español acepta el regalo.
El antropólogo David Graeber le dedicó unas páginas a esta rareza en En deuda. Estas fórmulas, dice, son la letra pequeña de una contabilidad moral que llevamos sin saberlo. El merci francés esconde algo peor que un pago: quien lo pronuncia se poner a merced del benefactor — porque un deudor es, al fin y al cabo, un criminal.
El inglés también arraiga su teoría. Thank es primo de think; dar las gracias era prometer memoria, un “lo tendré presente”. Deuda, pago, memoria.
Y el español ahí en medio, empeñado en que aquello no fue una transacción, sino un regalo.
Cada lengua eligió su filosofía y la nuestra eligió la más alta. Gracia es palabra de teólogos: lo que Dios reparte sin mirar méritos. Pariente de gracioso, de agraciado, de caer en gracia. Decir gracias, en rigor, es reconocer que lo recibido no se paga porque no tiene precio.
Estos días acostumbro a practicar un juego. Cuando la vida me pone en uno de esos momentos donde la plenitud es palpante — en la cima de una montaña, en una mesa llena de amigos, o en una noche de verano — me obligo a pensar en todo lo que tuvo que pasar para que yo esté ahí, en ese mismo momento. Todo. Los aciertos y las casualidades, pero también lo que en su día firmé como desgracia (des-gracia: ausencia de gracia): el paso en falso, la decisión incorrecta, los años torcidos. Si quitas una sola pieza, el momento se deshace. Como diría un gran amigo: todos los errores que me han traído hasta aquí, tienen mi nombre. Así que he dejado de agradecer con bisturí. Doy las gracias al conjunto entero, lo puesto y lo quitado, en bloque y sin desglose, por lo bueno y por lo malo, como se recibe un regalo.
Aquella noche de Altea la firmamos como desgracia y el tiempo la ha recalificado. De las verbenas a las que sí llegamos no recuerdo nada; de la avería lo recuerdo todo: la correa, el consomé, los fuegos encima de los almendros. Si la grúa hubiera llegado a tiempo, hoy no os habría escrito esta carta. Por eso cuando Alberto dijo «ahora, nada», no sabía lo que estaba diciendo.
Aquella nada era de las otras: de las que valen tanto que no hay con qué pagarlas. Como los mejores gracias. Los caros. Los que no son de nadie y no son de nada.
Esta es la primera carta de un pequeño conjunto de micro ensayos que os haré llegar a lo largo del verano. Espero que lo hayas disfrutado. Si es así, agradeceré que lo compartas.
Te mando un gran abrazo.
Pau




Eres grande amigo! Gracias ❤️
Me ha gustado mucho... gracias